Leyendo el otro día una biografía de Kafka me tropecé con una carta que el escritor checo dirigiera a Oskar Pollak, uno de sus amigos, en la que encontré la expresión perfecta de algo que hace días rondaba mi cabeza. Habla Kafka de la función de la literatura y dice- «Si el libro que leemos no nos despierta de un puñetazo en el cráneo, ¿para qué leerlo? ¿Sólo para que nos haga felices? ¡Por Dios- lo seríamos igual si no contáramos con ningún libro! Por el contrario, necesitamos libros que actúen sobre nosotros como una desgracia que nos afectara muy de cerca, como la muerte de alguien a quien amáramos más que a nosotros mismos, como si fuéramos condenados a vivir en los bosques lejos de todos los hombres, como un suicidio.»

Sería bueno que, al menos una vez al año, se preguntasen los escritores para qué escriben y los lectores para qué leen. Esto último puede que sea aún más importante que lo primero.

Borges solia decir que el día que él se muriera no estaria
muy orgulloso de los libros que habia escrito, pero sí de los que habia leído. Y no es ésta una salida chusca. Es el
convencimiento de que, al final, todo cuanto un hombre escribe es sólo el fruto -mejor o peor digerido-- de lo que ha leído.

Lo malo es la gente que lee para «pasar el rato» o, más exactamente, para «matar el tiempo». Una verdadera lectura no mata nada y crea mucho, fecunda, engendra, acicatea, «rompe -diría Kafka- con un hacha la mar congelada que hay en nosotros». La imagen no puede ser más hermosa y exacta. Porque la mente del hombre está tan viva como el mar, preñado de vida, de peces y corrientes, fecunda en la tormenta, calmada a veces, embravecida a ratos. Pero, asombrosamente, para la mayoría de los hombres su mente termina congelándose: la rutina la cubre y la aprisiona en su capa de hielo

Un libro, un verdadero libro, debe destrozar nuestras rutinas a golpe de hacha, debe convulsionarnos, sacudirnos por la solapa, empujarnos a la felicidad, sí, pero no a la felicidad del placer, sino a la de estar vivos. ¿Merece ser leído un libro que nos penetra menos que la muerte?

¿Para qué leer algo que nos hace admirar a su autor, pero en nada trastorna nuestras vidas?

Ya sé que encontrar un libro así es como conseguir una quiniela de catorce, ya que no siempre los mismos libros despiertan a las mismas personas. Pero hay, por fortuna, libros-despertadores o músicas o cuadros-despertadores, que han demostrado ya a lo largo de los siglos su capacidad de golpear en el cráneo de los dormidos. Yo he tenido la fortuna de irme encontrando a lo largo de mi vida y cada cierto número de años uno de estos libros-milagro que me ha ido poseyendo, invadiendo, alimentando, empujando a más vivir, y sus autores son hoy para mí no escritores admirados sino verdaderos amigos. Un día fueron las grandes novelas de Dostoievski; otro, los poemas de Rilke; luego, las obras de Thomas Merton; después, otro, la audición de la Misa en sí menor de Bach, un verano fue Herman Hesse; otro, una relectura de Mauriac; largos meses, el gozo de la compañía de Dickens; en muchos rincones, los encuentros con Mozart; en mi adolescencia, el encuentro con Antonio Machado; muchos, muchos puñetazos en mi cráneo que han ido ayudándome decisivamente a que mi alma no se congelase. A ellos y a muchos otros; debo mi alma