Vivir en presente
Lo que más admiraba yo en Jorge Guillén era su capacidad para vivir apasionadamente el presente. Frente a otros poetas que hacen surgir su poesía de un afán por remasticar las amarguras viejas o de un hilar los sueños del futuro, Guillén en su obra, evita hasta de los verbos en pretérito o en futuro, para montarlo todo sobre el disfrute del presente, de este pie que ponemos hoy aquí, de esta hora que hoy me ha sido concedida.
Y lo admiraba porque una actitud así ante la vida es de lo más infrecuente. Entre nosotros lo que abunda es la fuga hacia el ayer o hacia el mañana, la ventana a la nostalgia o al ensueño.
Si no estoy equivocada, nuestros contemporáneos -salvo excepciones- se dividen en cuatro grupos: los que viven encadenados al pasado, unos por añoranza y otros por amargura, y los que viven magnetizados por el futuro, unos porque lo temen y otros porque en él ven la realización de todos sus sueños. Cuatro formas de huir de la realidad. Cuatro maneras de no estar verdaderamente vivos.
Muchos son los que siguen atados al pasado. Ahí están los que viven encadenados a un fracaso o a una herida que se diría que les hubiera cloroformizado el alma para siempre.
Son las gentes que hoy se dedican a amargarse porque hace treinta años no les quiso su madre, les traicionó un novio o fracasaron en una oposición. No se han perdonado a sí mismos el viejo dolor y ahí viven, dando vueltas al ayer como un perro a un hueso.
A ellos se suman los escrupulosos. Son estatuas de sal que no logran vivir el presente de tanto mirar hacia atrás. Gentes que no quieren entender que "agua pasada no mueve molino" o, como dice un adagio ruso, "lamentarse por el pasado es correr en pos del viento".
De repente, como a muchos no les gusta el presente y como no parecen tener agallas para modificarlo, a los más les ha dado por refugiarse en las añoranzas y pasarse las horas saboreando sus recuerdos como un caramelo de morfina.
Pero cuantos vivan en el pasado, con él se irán a pique. Porque el destino del pasado es ser pasado, y serlo cada vez más.
Y encadenados al futuro -aunque desde el extremo opuesto- están quienes viven dilatando su vida y preparándose para una felicidad que dicen que va a venir, pero que de momento les impide disfrutar de las pequeñas felicidades que ya están viniendo. Son los que se pasan la vida posponiéndola.
Primero piensan que llegará la dicha cuando se casen. Luego, cuando tengan hijos. A continuación, cuando los niños sean mayorcitos. Más tarde, cuando llegue la jubilación. No se dan cuenta de que quien repite cuatro veces que la felicidad vendrá mañana, la quinta vez dice que no llegará jamás. Los sueños excesivos son casi siempre el prólogo de la amargura.
Por todo ello, me gustaría gritar que la única manera de estar vivos es vivir en el presente. Que no hay manera de ser felices si no es siéndolo hoy. Que la fuga al pasado o al futuro son eso. fugas. Que un ser que quiere vivir de veras debería gritarse a si mismo ante el espejo, cada día al levantarse, que esa jornada que empieza es la más importante de su vida. El pasado pasó. Ya sólo sirve para subirse encima de él y mirar mejor hacia adelante. El futuro vendrá de las manos de Dios o del destino y en ellas ha de dejarse.
Nuestra única tarea es el presente, esta hora, ésta
Unamuno se irritaba, con razón, cuando la gente le hablaba del porvenir. "No hay porvenir -gritaba-. Eso que llaman el porvenir es una de las grandes mentiras. El verdadero, porvenir es hoy. ¿Qué será de nosotros mañana? ¡No hay mañana! ¿Qué es de nosotros hoy, ahora? Esta es la única cuestión."
Sólo el presente existe. Y o soy feliz hoy o no lo seré nunca. O trabajo hoy o jamás trabajaré. O vivo hoy o seré sólo una muerta que sueña y que recuerda.

